5/09/2018, 01:19
Hanabi apareció de repente en la escena como caído del cielo, y sin detenerse a pedir explicaciones empezó a moverse. Se acercó al cuerpo inconsciente de Ayame y la recogió con un cuidado inusitado. Acto seguido, echó un vistazo a los otros dos muchachos, sin dejar de andar hacia el interior del hospital.
— Seguidme los dos.
Entró dando una patada a la puerta y dando ordenes sin cesar.
— ¡Necesito una camilla aquí y una unidad de cuidados intensivos! Se trata de una jinchuriki que casi pierde el control, traed al mismo equipo que la última vez. Que vayan cogiendo experiencia.
En un instante, se personaron media docena de enfermeras con una camilla y todo tipo de material médico. Dejó a la kunoichi en la camilla y siguió andando. Después de los típicos "Sí, Hanabi-sama", "Por supuesto, Uzukage-sama" las enfermeras empezaron a nombrar los medicamentos y cantidades que inyectaban a Ayame en términos poco reconocibles para Akame y Daruu.
No tardaron en añadirse más personas mientras se llevaban la camilla a otro sitio diferente al que iba Hanabi, que no había dejado de andar.
— Tú, ve a buscar a los médicos encargados de la tercera prueba y diles que vuelvan de inmediato, ya no hace falta que esperen en el estadio.
Ordenó a un shinobi que salía del hospital. Dobló una esquina asegurándose de que tanto Akame como Daruu le seguían. Andaron hasta llegar a un pasillo donde todo parecían despachos. Abrió uno que estaba vacío y entró como si fuera el dueño del lugar.
Era un lugar pequeño, lleno de estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes que tenía, y solo porque la cuarta era un enorme ventanal que daba a un pequeño patio interior donde se cultivaban todo tipo de hierbas medicinales. Las estanterías rebosaban cuadernos, libros y papeles sueltos sin ningún tipo de orden. El Uzukage abrió la ventana solo entrar y señaló a los jovenes que tomasen asiento.
— Sentaos, por favor.
En medio de la habitación había un escritorio de madera clara, parecía nuevo, no tenía marcas ni rascadas de ningún tipo y brillaba como si estuviese recién barnizado. En cambio, la butaca que había detrás del escritorio estaba vieja y desgastada, pero Hanabi se sentó de todas formas, sin pensarselo dos veces. Las sillas que habían al otro lado del mueble eran, básicamente, taburetes de madera. No tenían reposabrazos ni tenían respaldo, de hecho, uno de ellos tenía solo tres patas, en lugar de las cuatro que debería. No parecía que ese despacho fuese para recibir gente precisamente.
En una placa dorada que había encima del escritorio se leía "Srta. Unobe Ria"
— Akame, si eres tan amable, me puedes explicar qué coño has hecho.
Detrás de la seriedad y la entereza del Uzukage había una cantidad inmensa de ira contenida, del tipo de ira que acumulan los hombres que buscan el bien pero que no paran de encontrarse mal por todas partes. Porque eso es lo que era él, un hombre de bien, de paz. Sin embargo, entre Amegakure y los Hermanos del Desierto le estaban dejando pocas opciones aparte de la guerra.
— Seguidme los dos.
Entró dando una patada a la puerta y dando ordenes sin cesar.
— ¡Necesito una camilla aquí y una unidad de cuidados intensivos! Se trata de una jinchuriki que casi pierde el control, traed al mismo equipo que la última vez. Que vayan cogiendo experiencia.
En un instante, se personaron media docena de enfermeras con una camilla y todo tipo de material médico. Dejó a la kunoichi en la camilla y siguió andando. Después de los típicos "Sí, Hanabi-sama", "Por supuesto, Uzukage-sama" las enfermeras empezaron a nombrar los medicamentos y cantidades que inyectaban a Ayame en términos poco reconocibles para Akame y Daruu.
No tardaron en añadirse más personas mientras se llevaban la camilla a otro sitio diferente al que iba Hanabi, que no había dejado de andar.
— Tú, ve a buscar a los médicos encargados de la tercera prueba y diles que vuelvan de inmediato, ya no hace falta que esperen en el estadio.
Ordenó a un shinobi que salía del hospital. Dobló una esquina asegurándose de que tanto Akame como Daruu le seguían. Andaron hasta llegar a un pasillo donde todo parecían despachos. Abrió uno que estaba vacío y entró como si fuera el dueño del lugar.
Era un lugar pequeño, lleno de estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes que tenía, y solo porque la cuarta era un enorme ventanal que daba a un pequeño patio interior donde se cultivaban todo tipo de hierbas medicinales. Las estanterías rebosaban cuadernos, libros y papeles sueltos sin ningún tipo de orden. El Uzukage abrió la ventana solo entrar y señaló a los jovenes que tomasen asiento.
— Sentaos, por favor.
En medio de la habitación había un escritorio de madera clara, parecía nuevo, no tenía marcas ni rascadas de ningún tipo y brillaba como si estuviese recién barnizado. En cambio, la butaca que había detrás del escritorio estaba vieja y desgastada, pero Hanabi se sentó de todas formas, sin pensarselo dos veces. Las sillas que habían al otro lado del mueble eran, básicamente, taburetes de madera. No tenían reposabrazos ni tenían respaldo, de hecho, uno de ellos tenía solo tres patas, en lugar de las cuatro que debería. No parecía que ese despacho fuese para recibir gente precisamente.
En una placa dorada que había encima del escritorio se leía "Srta. Unobe Ria"
— Akame, si eres tan amable, me puedes explicar qué coño has hecho.
Detrás de la seriedad y la entereza del Uzukage había una cantidad inmensa de ira contenida, del tipo de ira que acumulan los hombres que buscan el bien pero que no paran de encontrarse mal por todas partes. Porque eso es lo que era él, un hombre de bien, de paz. Sin embargo, entre Amegakure y los Hermanos del Desierto le estaban dejando pocas opciones aparte de la guerra.