5/09/2018, 19:10
Y, pese a todo, Daruu lo echó a perder. Tal vez la presión le había podido, tal vez el desprecio y la ira que había sentido hacia Akame eran reales. El joven Uchiha probablemente nunca llegaría a saberlo. Sentado en aquel precario taburete junto al amejin, Akame no pudo evitar desviar la mirada hacia Daruu cuando éste empezó a desahogarse contra el Uzukage. En aquel momento parecía simplemente estar sacando todo el veneno que tenía dentro, por puro instinto, como si ya se hubiese resignado a morir y tan sólo estuviera asegurándose de que entraría en el Yomi con la conciencia tranquila.
Akame no pudo evitar sentir cierta rabia, o más bien frustración, cuando vio a Daruu tirando por la borda la única oportunidad que había tenido de no sólo salvar su propio pellejo, sino también a Ayame. A su amada.
«Si haces esto, es que no has conocido el amor, maldito...»
Él mismo no sentía gran aprecio por Ayame. Era una kunoichi extranjera con la que nunca se había llevado bien; pero verla en aquel estado tan precario después de sucumbir a la ira de su monstruo interior había hecho que Akame empatizase con la jinchuuriki de forma irremediable. Porque él era consciente de que aquello mismo que le había ocurrido a ella, a Datsue, podía pasarle a él en cualquier momento. Como el filo de una espada que estuviese pendiendo sobre su cuello, día y noche. Un depredador incansable, paciente, que estaba esperando el momento. Su momento.
Allí, en el hospital de Uzu, en presencia de Hanabi y Daruu, Akame sintió que él mismo había llegado a empatizar con aquella parte de Ayame mucho mejor de lo que el joven Amedama podría llegar a hacer jamás. Porque él sí conocía la pesada carga que la jinchuuriki llevaba sobre sus hombros. Y se preguntó si, cualquiera que fuese el bijuu que Ayame llevaba encerrado dentro de su cuerpo, también la torturaría por las noches. Si buscaría todas sus debilidades para hacerla sufrir de forma incansable, cada vez que cerrara los ojos.
Entonces volvió a darse cuenta de que Daruu estaba condenándola a muerte. Y sintió desprecio por aquel shinobi que una vez había respetado y del que había aprendido algunas cosas ciertamente vitales para cualquier ninja.
De repente, Daruu se abalanzó sobre el joven jōnin, extendiendo ambos brazos y formando un sello con su mano izquierda. «¿¡Qué cojones!?» Akame sabía que no podía utilizar técnica alguna, de modo que razonó a toda velocidad mientras, en un instante, sus ojos adoptaban el color de la sangre. «Un kunai oculto.»
Con un movimiento veloz, el Uchiha se echó hacia atrás mientras que con el brazo más cercano a Daruu le propinaba un codazo en las muñecas, buscando desviar la trayectoria de éstas y del kunai que —Akame presuponía— saldría disparado en la misma dirección. Así fue, y una hoja de acero muy afilado pasó rasgándole el costado, arrancándole un salpicón de sangre.
«¡Hijo de puta!»
Con el mismo movimiento el jōnin se incorporó, extendiendo el brazo flexionado con el que había desviado parcialmente los brazos de Daruu para buscar encajarle un puñetazo en pleno rostro y tirarlo de su asiento. Luego se puso en pie, palpándose el costado herido con una mano mientras miraba fijamente al amejin. Echó mano de una píldora que llevaba en su portaobjetos y la engulló.
—Hanabi-sama. Creo que matar a este shinobi sería un error —articuló con cuidado—. Es lo que quiere. Es cuanto puede hacer por su Aldea ya, morir para provocar una guerra. Este genin... No ha dudado en sacrificar a su jinchuuriki con tal de desatar el conflicto. No le demos ese placer, Hanabi-sama, por favor —entonces torció el gesto con profundo desprecio—. Estaba dispuesto a dejar a Ayame morir. A pesar de que no tiene ni idea de la carga que pesa sobre sus hombros... —se dirigió a su Uzukage—. Ya tiene suficiente con vivir con eso.