5/09/2018, 20:17
(Última modificación: 5/09/2018, 20:56 por Inuzuka Nabi. Editado 1 vez en total.)
Lo había intentado. De hecho, lo había intentado todo ya. Si Yui hubiese tenido esa misma oportunidad en sus manos, no habría sido tan benevolente, incluso Kenzou hubiera sido más estricto, puede que solo Shiona-sama hubiese tenido una idea incluso más benévola que la suya.
Le había dado puro oro al chico, un par de disculpas por haber liberado un bijuu en medio de su villa y encima haber culpado a esa misma villa de haberlo ocasionado sin prueba alguna. Es que él mismo sentía que se estaba pasando de bueno, pero no, Amegakure nunca tenía suficiente, siempre tenía que seguir atacando, mordiendo cuantas manos le diesen de comer hasta que solo quedase la guerra.
Su paciencia no estaba pasando por un buen momento, estaban acusados falsamente de tantas cosas ya, que perdía la cuenta, todo por ¿qué? Intentar que su villa no saliese volando por los aires y ahora por querer darle una segunda oportunidad al pacto. Tuvo que presenciar como se lanzaban a por uno de sus jinchurikis por segunda vez aquel día, y a traición, claro, ¿por qué hacerlo de frente, si eres de Amegakure?
Esta vez no tuvo oportunidad alguna de intervenir, estaban en un espacio reducido y les separaba un escritorio entero. Daruu se lanzó a por Akame formulando un sello. Hanabi creía que su jounin ya se habría encargado de las armas ocultas, por lo cual su sorpresa fue doble. Se levantó de golpe y se abalanzó sobre el escritorio, tan solo para no alcanzar a hacer nada.
La hoja rajó a Akame, por suerte, éste reaccionó a tiempo para que no le penetrase del todo, pero el corte era horrible y sangraba, sangraba mucho. Sin embargo, el jounin se paró para convencerle de que no matase a Daruu.
Su kage no pareció escucharle, se giró al instante y se fue hacia las estanterias.
— Juraría que lo he visto por... aquí está.
Agarró unos tubos de ensayo que había entre los libros. Casi todos contenían un liquido trasparente que no daba muchas pistas de qué eran.
— Akame, aprovecha esa energía para buscar un médico en lugar de defender una vida que no merece ninguna defensa.
Tras un ligero vistazo a los tubos cogió uno cuya etiqueta ni Akame ni Daruu llegarían a leer, el resto los dejó en el soporte. Se acercó al shinobi de Amegakure, que aún estaba en el suelo y le pisó la muñeca con la que había sacado el arma.
— Se acabó, Daruu, mi paciencia se ha acabado. Del todo. Tienes razón, Datsue se excedió. Pero no mató a nadie. A tu querida la hemos tenido que detener nosotros, los ninjas que tanto desprecias, y tú, lo has intentado EN MI CARA. A diferencia de otros, yo no soy un sádico, no disfruto haciendo sufrir, será completamente indoloro. Espero que te despidieses de Ayame.
Se agachó y agarró su mandíbula con fuerza, obligandole a abrirla. Entonces vertió el contenido del tubo en su boca y, por poco que el genin tragase, sería suficiente.
— Vamos, Akame, te buscaremos un médico y después iremos a ver a Aotsuki-san.
Hanabi cargó a Daruu encima de su hombro, cual saco de patatas. Y procedió a salir del despacho en dirección a la recepción en busca de los sanitarios que habían enviado a los combates para que curasen a Akame. Tenían que estar ya de vuelta o al caer.
Mientras, el genin sentiría como toda la fuerza de su cuerpo desaparecía, no podía mover nada, poco a poco, segundo a segundo, se iba vaciando. De pronto, seguir sintiendo, viendo, oliendo, escuchando... le resultaba mucho trabajo, demasiado trabajo. Sus pensamientos eran cada vez más lentos, ya no tenía pensamientos complejos, solo ideas simples. Y a los pocos segundos, todo era oscuridad.
Le había dado puro oro al chico, un par de disculpas por haber liberado un bijuu en medio de su villa y encima haber culpado a esa misma villa de haberlo ocasionado sin prueba alguna. Es que él mismo sentía que se estaba pasando de bueno, pero no, Amegakure nunca tenía suficiente, siempre tenía que seguir atacando, mordiendo cuantas manos le diesen de comer hasta que solo quedase la guerra.
Su paciencia no estaba pasando por un buen momento, estaban acusados falsamente de tantas cosas ya, que perdía la cuenta, todo por ¿qué? Intentar que su villa no saliese volando por los aires y ahora por querer darle una segunda oportunidad al pacto. Tuvo que presenciar como se lanzaban a por uno de sus jinchurikis por segunda vez aquel día, y a traición, claro, ¿por qué hacerlo de frente, si eres de Amegakure?
Esta vez no tuvo oportunidad alguna de intervenir, estaban en un espacio reducido y les separaba un escritorio entero. Daruu se lanzó a por Akame formulando un sello. Hanabi creía que su jounin ya se habría encargado de las armas ocultas, por lo cual su sorpresa fue doble. Se levantó de golpe y se abalanzó sobre el escritorio, tan solo para no alcanzar a hacer nada.
La hoja rajó a Akame, por suerte, éste reaccionó a tiempo para que no le penetrase del todo, pero el corte era horrible y sangraba, sangraba mucho. Sin embargo, el jounin se paró para convencerle de que no matase a Daruu.
Su kage no pareció escucharle, se giró al instante y se fue hacia las estanterias.
— Juraría que lo he visto por... aquí está.
Agarró unos tubos de ensayo que había entre los libros. Casi todos contenían un liquido trasparente que no daba muchas pistas de qué eran.
— Akame, aprovecha esa energía para buscar un médico en lugar de defender una vida que no merece ninguna defensa.
Tras un ligero vistazo a los tubos cogió uno cuya etiqueta ni Akame ni Daruu llegarían a leer, el resto los dejó en el soporte. Se acercó al shinobi de Amegakure, que aún estaba en el suelo y le pisó la muñeca con la que había sacado el arma.
— Se acabó, Daruu, mi paciencia se ha acabado. Del todo. Tienes razón, Datsue se excedió. Pero no mató a nadie. A tu querida la hemos tenido que detener nosotros, los ninjas que tanto desprecias, y tú, lo has intentado EN MI CARA. A diferencia de otros, yo no soy un sádico, no disfruto haciendo sufrir, será completamente indoloro. Espero que te despidieses de Ayame.
Se agachó y agarró su mandíbula con fuerza, obligandole a abrirla. Entonces vertió el contenido del tubo en su boca y, por poco que el genin tragase, sería suficiente.
— Vamos, Akame, te buscaremos un médico y después iremos a ver a Aotsuki-san.
Hanabi cargó a Daruu encima de su hombro, cual saco de patatas. Y procedió a salir del despacho en dirección a la recepción en busca de los sanitarios que habían enviado a los combates para que curasen a Akame. Tenían que estar ya de vuelta o al caer.
Mientras, el genin sentiría como toda la fuerza de su cuerpo desaparecía, no podía mover nada, poco a poco, segundo a segundo, se iba vaciando. De pronto, seguir sintiendo, viendo, oliendo, escuchando... le resultaba mucho trabajo, demasiado trabajo. Sus pensamientos eran cada vez más lentos, ya no tenía pensamientos complejos, solo ideas simples. Y a los pocos segundos, todo era oscuridad.