6/09/2018, 13:50
Su conciencia iba a y venía como las olas del mar. Con cada vuelta, un nuevo latigazo de dolor sacudía todo su cuerpo, arrancándole un pedazo de sueño tratando de despertarla. No sabía cuánto tiempo había pasado así, pero ella quería seguir durmiendo y estaba poniendo un verdadero esfuerzo en ello. Allí no había dolor, sólo había calma, no estaban las voces que taladraban su cerebro cada vez que regresaba momentáneamente a la superficie, ni siquiera tenía sueños... Deseaba seguir tranquila, en paz, deseaba seguir durmiendo porque una parte de ella sabía muy bien lo que vendría cuando tuviera que enfrentarse al mundo real.
Sin embargo, el reino de los sueños no era como el reino de los muertos: El primero era un préstamo, siempre debías retornar.
Y con el retorno, llegaron las consecuencias. Lo primero que sintió fue un dolor atroz. Cada fibra de su ser se retorció momentáneamente y el pulso de dolor continuó como si la hubieran estado golpeando repetidas veces con un martillo. Creyó ver la estrellas. Ayame gimoteó débilmente y un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas cuando entreabrió los ojos. Lo primero que pensó fue, por estúpido que pareciera, que no escuchaba la lluvia. Y entonces recordó que estaba lejos, muy lejos de casa. En Uzushiogakure. Y al redoble de dolor de su cuerpo le acompañó entonces el redoble mental.
Lo último que recordaba era estar combatiendo en el Estadio de Celebraciones por la tercera prueba del examen de Chūnin. Le había tocado Uchiha Datsue como oponente y él la había empujado al límite. Y entonces... entonces...
Ayame sollozó en silencio, y un nuevo latigazo sacudió su espalda. Lo había hecho. Pese a todas las veces que se había prometido que no se volvería a repetir, había vuelto a perder el control del bijū. Se había revelado como la jinchūriki de Amegakure. Lo había echado todo a perder. Conseguir el chaleco de Chūnin acababa de convertirse en la menor de sus preocupaciones.
Era posible que se hubiera convertido en una genocida sin siquiera darse cuenta de ello...
Sintió un leve movimiento junto a ella, y cuando se atrevió a abrir los ojos se le congeló la sangre en las venas. Shanise estaba con ella. Shanise, la mano derecha de la Arashikage. Shanise, la mujer a la que había acompañado en aquella misión tan importante casi un año atrás. Shanise... a la que había terminado admirando casi como a una hermana mayor.
La misma Shanise... a la que acababa de decepcionar terriblemente.
—Sha...nise... senpai... —murmuró con voz rota y ojos inundados.
Intentó moverse para reincorporarse, pero se vio obligada a detenerse cuando su cuerpo estalló en protestas de dolor. Eso, sumado a las múltiples vendas que recubrían su cuerpo y que la oprimían hasta el punto de dificultarle la simple tarea de respirar.
Sin embargo, el reino de los sueños no era como el reino de los muertos: El primero era un préstamo, siempre debías retornar.
Y con el retorno, llegaron las consecuencias. Lo primero que sintió fue un dolor atroz. Cada fibra de su ser se retorció momentáneamente y el pulso de dolor continuó como si la hubieran estado golpeando repetidas veces con un martillo. Creyó ver la estrellas. Ayame gimoteó débilmente y un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas cuando entreabrió los ojos. Lo primero que pensó fue, por estúpido que pareciera, que no escuchaba la lluvia. Y entonces recordó que estaba lejos, muy lejos de casa. En Uzushiogakure. Y al redoble de dolor de su cuerpo le acompañó entonces el redoble mental.
Lo último que recordaba era estar combatiendo en el Estadio de Celebraciones por la tercera prueba del examen de Chūnin. Le había tocado Uchiha Datsue como oponente y él la había empujado al límite. Y entonces... entonces...
Ayame sollozó en silencio, y un nuevo latigazo sacudió su espalda. Lo había hecho. Pese a todas las veces que se había prometido que no se volvería a repetir, había vuelto a perder el control del bijū. Se había revelado como la jinchūriki de Amegakure. Lo había echado todo a perder. Conseguir el chaleco de Chūnin acababa de convertirse en la menor de sus preocupaciones.
Era posible que se hubiera convertido en una genocida sin siquiera darse cuenta de ello...
Sintió un leve movimiento junto a ella, y cuando se atrevió a abrir los ojos se le congeló la sangre en las venas. Shanise estaba con ella. Shanise, la mano derecha de la Arashikage. Shanise, la mujer a la que había acompañado en aquella misión tan importante casi un año atrás. Shanise... a la que había terminado admirando casi como a una hermana mayor.
La misma Shanise... a la que acababa de decepcionar terriblemente.
—Sha...nise... senpai... —murmuró con voz rota y ojos inundados.
Intentó moverse para reincorporarse, pero se vio obligada a detenerse cuando su cuerpo estalló en protestas de dolor. Eso, sumado a las múltiples vendas que recubrían su cuerpo y que la oprimían hasta el punto de dificultarle la simple tarea de respirar.